¿No sería estupendo que existiera una fómula que nos hiciera sentir llenos de energía y estar agudos e ingeniosos durante horas?
Pues bien, ese truco existe, se llama desayuno.
El desayuno es la primera comida del día. Durante la noche, hemos estado unas horas ayunando y nuestro sistema digestivo va a reemprender una vez más su tarea. Al dormir, la fuerza digestiva se enlentece y si cenamos tarde o tomamos mucha cantidad, la comida se queda en el estómago (excepto las personas con una digestión fuerte) y por la mañana todavía se está digiriendo. Por esto no se suele tener apetito por la mañana. Si este es tu caso, reduce tus cenas. ¡Lo agradecerás!
Muchas personas creen que es mejor no desayunar porque están a dieta o, no tienen tiempo o, desconocen el funcionamiento del cuerpo... Tras unas horas de descanso continúan el ayuno hasta que su cuerpo avisa y entonces toman un café y un croissant a media mañana. Al mediodía ya casi no pueden continuar con su trabajo y devoran la comida. Tras el ágape se sienten bien pero pesados, de mal humor, cuesta centrarse en el trabajo e irritables. Durante la tarde la energía irá decayendo y al llegar a casa volvemos a atacar con un buen ágape. Así empieza de nuevo una rueda sin fin.
Estudios avanzados han concluido que si tomas un desayuno basado en hidratos de carbono (cereales o pan integral) acabarás consumiendo menos grasas en tu ingesta diaria. Esto adquiere gran importancia si quieres perder peso y aumentar tu energía. Las personas que desayunan bien tienen unos niveles de colesterol más bajos que quienes no lo hacen (o que aquellos que desayunan bollería industrial o fritos como churros, rosquillas, etc).
Cada uno de nosotros somos únicos, cada día es diferente, cambiamos constantemente por lo tanto, también cambiarán nuestras necesidades energéticas y lo que deseamos comer a lo largo del día.
Mónica Suárez
Directora de Nutriespacio